Domingo XXX Tiempo Ordinario Ciclo A

El mandamiento más grande

El mandamiento más grande

La respuesta de Jesús no es nueva, recoge dos antiguos preceptos bíblicos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma y con todas tus fuerzas, tomado del libro del Deuteronomio, y Amarás al prójimo como a ti mismo, tomado del libro del Levítico. En este día, 29 de octubre de 2017, celebramos el Domingo 30 del Tiempo Ordinario, Ciclo A, en la liturgia de la Iglesia Católica.

"Esta respuesta de Jesús -continuó el Santo Padre- no resultaba tan obvia, porque entre los múltiples preceptos de la ley hebraica, los más importantes eran los diez Mandamientos comunicados directamente por Dios a Moisés como condición del pacto de alianza con el pueblo".

"Estos dos mandamientos sostienen la ley entera". El relato establece un clima de confabulación y polémica ya que la pregunta del doctor de la ley es para poner a prueba a Jesús. Los fariseos piensan que Jesús no sabrá cómo responder, que se quedará sin palabras. El estado de pobreza humana, la crisis educativa, la violencia urbana, el narcotrafico qué son sino ausencia de amor a Dios y al prójimo. No podemos amar al prójimo sin amar a Dios. La respuesta de Jesús unifica dos mandamientos que en la Ley de Moisés estaban separados, el amor a Dios (Dt 6, 5) y el amor al prójimo (Lv 19,18), y añade inmediatamente que el segundo mandamiento es semejante al primero. No se puede practicar con verdad la Ley si falla el amor. Jesús nos dio una medida mínima para nuestro amor al prójimo: amarlo como nos amamos a nosotros mismos. No puede separarse uno del otro. ¿En qué consiste amar? ¿Qué significa amar a Dios? Y nosotros hemos recibido de él este mandamiento: "quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1Jn 4, 20-21).

Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así pues no se trata ya de un mandamiento externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea "todo para todos" (Cf. 1Cor 15, 28). Lo que sucede es que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar: amarle a Él y amar también a los demás. En el contexto de los Evangelios encontramos tres detalles: prójimo (próximo) no es sólo el de la misma raza, cultura o religión, sino todo ser humano; amar al prójimo como a sí mismo equivale a la llamada "regla de oro": "traten a los demás como quieren que los traten a ustedes" -Mateo 7,12-; y reconocer que Dios nos ama implica amar a los demás como Dios mismo nos ha mostrado su amor haciéndose nuestro prójimo.

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